Acabo de conocer a Delapierola, gracias YouTube: un espeso colector de homofobia, transfobia, ignorancia selectiva y puritanismo vernacular, todo envuelto en la bandera de una patria que, pobrecita, no lo pidió. Acabo de conocer a este cruzado aborigen de la Derecha Bruta y Achorada en su calidad de estrella tragicómica con saborizante nacional.
El escándalo estalló cuando Javiera Arnillas, mujer trans, performer, artista y dueña de una belleza incómoda para los calzoncillos contó que “una vez” besó a un “periodista horroroso pero insistente” que no dejó de halagarla hasta que cayó, como fruta de verano, en sus labios. Javiera solo reveló su nombre cuando Delapierola lo llamó “Javier”. Porque ella, además de elegante, es sagaz.
Pero la ultraderecha no. Porque Delapierola, como todo culpable prematuro, se delató solo: “¡Hace cinco años que no piso el bar La Noche de Barranco!”, escribió en X, creyendo que así desmentía algo que nadie había dicho. Clásico error de freudianito básico. O como diría Sartre en versión combi: el infierno no son los demás, es el bar al que dijiste que no fuiste.
Y entonces nos preguntamos: ¿de qué está hecha la moral de estos cruzados con cara de filtro de TikTok oriundo? ¿Por qué gritan tanto contra lo que, en el fondo, parecen desear a escondidas? ¿Y por qué sus escándalos son siempre más jugosos que los de la rancia farándula?
La respuesta no es nueva, pero tan eficaz como siempre: represión. Esa represión de manual freudiano que te empuja a odiar lo que temes ser. O sea, lo que en el fondo ya eres. Delapierola y sus iguales han convertido su sexualidad en un campo de batalla donde cada impulso debe ser fusilado sin juicio previo. No se permiten dudas, ni matices, ni preguntas. Porque si algo se mueve en su libido y no lleva falda floreada y crucifijo, hay que matarlo a memes, a tuits o a golpes. Todo, menos confesar que una noche, en un bar con olor a chela y deseo, el cuerpo les traicionó.
Pero esa represión no camina sola. Viene tomada de la mano de su hermana siamesa: la hipocresía. Porque mientras arman campañas para impedir la educación sexual integral en colegios, tienen Google repleto de búsquedas como “tranny Lima VIP”, “mujer con sorpresa”, o “Xaviera hot”. Mientras condenan a dos hombres que se besan en el parque, tienen un perfil en Grindr escondido bajo el pseudónimo “Derechazo_activo_69”. Lo sabemos todos. Lo saben ellos. Pero prefieren callar. Porque la hipocresía es la patria secreta de todos los armarios cerrados.

Lucho rossell
Y aquí entra el karma, que no es místico: es psicológico. No es que el universo castigue. Es que la máscara pesa. Y cuando vives sosteniéndola con tanta fuerza se vuelve torpe, se cansa, se tropieza. Y entonces, pum, confiesa sin querer. “No he ido a ese bar desde hace cinco años”, dice el puritano, temblando, mientras todos nos preguntamos: ¿Y quién habló de ese bar? Sólo tu lengua, Delapierola. Esa lengua larga y filosa que ahora se enreda como un moño en los cabellos de Xaviera.
La moraleja es brutal y necesaria: nadie escapa de sí mismo. Y mucho menos los que hacen del odio su megáfono diario. Tarde o temprano el deseo sale de juerga. Y lo hace en tacos, con escote, delineador y una risa afilada. No hay crucifijo que lo detenga. La represión fracasa. La doble moral se desintegra. Y el cuerpo, ese hereje, termina besando lo que el alma no puede aceptar. A veces en La Noche. A veces en su cuarto. Siempre en secreto. Hasta que el secreto habla.
Dice que en La Noche de Barranco no ocurrió un escándalo. Ocurrió una revelación. Dice que Delapierola no fue víctima, fue protagonista de su propio derrumbe simbólico: cuando la máscara se cae, lo que queda no es el monstruo. Es el hombre temblando. Solo. Frente al espejo que siempre quiso romper. El espejo que, por fin, le devolvió su verdadero rostro: ese que no odia, ese que pide perdón.
Por eso tú, Delapierola, no temas más. Sal del closet. Saca tu alma de la gaveta y del odio, pues ahí adentro todavía está ese chibolo asustado que solo quería amar sin culpa. O, al menos, besar sin que se entere el Sodalicio. Por eso te has quedado tan lívido y expuesto como ese gato que odia el agua… pero siempre termina mojado.
Mientras tanto, Javiera sonríe. No necesita decir más. Porque la verdad tiene el mejor escote del mundo: deja ver justo lo que el otro se empeña en ocultar. Pues lo que teme Delapierola no es a los trans: es la idea de despertar una mañana, mirarse al espejo y no encontrar ya al macho gritón sino a una señora elegante, de labios pintados y criterio propio.
Porque hay destinos peores que la política: la coherencia. Y la coherencia no se disfraza de cruz ni de bandera: se calza un stiletto punta aguja y te pisa la hombría como quien apaga un cigarro.