Todo comienza con la luz, ese espacio donde la forma no ha nacido y la sombra no conoce su oficio. Desde allí, Carolina Bazo (Lim, 1968) convoca a las antiguas geometrías del mundo: líneas que respiran, óvalos que germinan, figuras que se niegan al nombre. Trazo como grietas luminosas desde donde domesticará la expansión del vacío.
En grabados donde la calcografía se vuelve médium del inconsciente mineral. El metal, herido por el punzón, graba la superficie y, más abajo la memoria subterránea del gesto. En la repetición del trazo —esa insistencia casi litúrgica— palpita el eco de los antiguos orfebres andinos. De las manos que tallaron dioses en obsidiana o delinearon constelaciones sobre mates burilados. Todo un rito solar en su técnica, una paciente combustión de la materia hasta alcanzar transparencia.

El desierto será, entonces, escenario sin horizonte, sólo irradiación. Una claridad que ciega y revela para que los cuerpos —fragmentos, torsos, máscaras, embriones— caminen buscando el origen. Se desarticulan para recomponerse, como si la arena misma los soñara. En ellos habita la intuición de que toda forma es un tránsito y una metamorfosis entre el ser y lo sagrado, entre lo animal y el arquetipo.
El silencio de estas imágenes no es vacío, es tensión. Es un rumor detenido antes de pronunciarse. En esa quietud la luz deviene lenguaje. Que escribe. Las figuras de Bazo se alzarán, entonces, como alfabetos de la revelación. Cada línea es una plegaria y cada mancha un vestigio del fuego original.

Porque las obras de Carolina Bazo no hablan del desierto, son el desierto. He ahí su respiración, su claridad sin consuelo, su pulso incesante. Allí, en la frontera entre lo arcaico y lo contemporáneo, el grabado deviene pensamiento. Y en su centro —invisible y absoluto— una certeza: la luz estacionada en la belleza de quien la crea.
Lugar: Museo del Grabado ICPNA.
Dirección: Avenida Javier Prado Este 4625, La Molina.
Hasta el 25 de octubre de 2025.