Opera en una región excepcionalmente infrecuente, aquella donde la abstracción desborda su composición, equilibrio o sensibilidad cromática en el sentido convencional. Tampoco se trata de la nostalgia tardomodernista que sobrevive en ciertos residuos decorativos de la geometría contemporánea. Lo que se ejecuta es más severo, una desactivación radical del pacto perceptivo que sostuvo durante siglos la relación entre imagen y mundo.
El horizonte —figura central de la tradición visual occidental— aparece desmontado de esa línea imaginaria que prometía profundidad, orientación y trascendencia. Queda reducida a un fenómeno inestable, condenado a desplazarse perpetuamente fuera del alcance de la conciencia. La artista comprende que toda perspectiva fue siempre una arquitectura del deseo. Una tecnología óptica destinada a organizar el cuerpo dentro de una ilusión de continuidad espacial.

Por ello sus obras “abren” espacios y lo cancelan.
En estos ensamblajes, el mármol, la madera, el acero y el pigmento ingresan en una economía de tensiones donde ningún material acepta subordinarse completamente al otro. Cada elemento conserva una soberanía física irreductible. El mármol pesa. La madera interrumpe. El color como nervio. La superficie como escenario de antagonismos materiales.
Hay algo casi heraclíteo en esta lógica de fricciones cuando las piezas parecen afirmar que toda forma es apenas la estabilización provisoria de un conflicto invisible.

En Ensamblaje #39 y Ensamblaje #43, por ejemplo, la piedra introduce un tiempo geológico que desborda el tiempo humano de la pintura. El mármol aparece fracturado, erosionado, vulnerable como evidencia mineral de toda fragilidad. La obra sale del campo de lo visual para participar de una temporalidad tectónica, profunda, anterior incluso a la historia cultural.
La serie As it is above, as it is below radicaliza todavía más este desplazamiento. El título, tomado del imaginario hermético, podría sugerir una correspondencia metafísica entre escalas del universo. Pero Magot subvierte cualquier lectura mística simplificadora. Sus piezas proponen entropía estructural, un sistema autónomo sometido a desgaste, gravedad y erosión perceptiva.
En un momento histórico donde gran parte del arte contemporáneo depende del exceso narrativo, de la hipertraducción discursiva o de la espectacularización ideológica de la imagen, Michelle Magot retorna al núcleo irreductible de la experiencia visual: la confrontación física entre cuerpo y materia. Sus obras exigen algo hoy extremadamente raro: lentitud perceptiva.

Frente a ellas el espectador descubre que el vacío es presión. Que la superficie es condensación. Que el silencio posee peso mineral. Y entonces ocurre algo inquietante: la mirada comprende que el horizonte jamás estuvo allá afuera, suspendido al fondo del paisaje, sino dentro de la propia conciencia, retrocediendo perpetuamente ante cada intento humano de alcanzar totalidad.
La Galería
Conde de la Monclova 255 - San Isidro.
De lunes a viernes de 11 a 7 p.m. y sábados de 3 a 7
p.m.
Hasta el 6 de junio 2026