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Todo indica que nos enfrentamos a una sofisticada maquinaria destinada a anestesiar la sensibilidad. La naturaleza se convirtió en paisaje, el animal en estadística, la piedra en mercancía y el cuerpo, en rendimiento. Sobre esa devastación perceptiva se levanta Maneras de estar vivo, exposición que toma como impulso conceptual el libro homónimo de Baptiste Morizot para construir un campo de resonancias donde la materia parece recuperar voz, espesor y memoria. Es decir, algo más complejo que una muestra temática sobre ecología.
La muestra se desplaza hacia un territorio más peligroso y fértil, el de la sensibilidad. Lejos de ilustrar una tesis ambiental, erosiona la vieja jerarquía que separó lo humano de lo no humano para trabajar precisamente sobre esa herida filosófica. Por eso cada pieza parece provenir de un mundo posterior al agotamiento del antropocentrismo, como si las artistas hubiesen recogido fragmentos de un planeta exhausto para reorganizarlos en nuevas formas de comunión.
Así, la sala, concebida museográficamente por Habitáculo Studio como un organismo mutable, no funciona como contenedor neutral sino como extensión de las obras. Hay algo de respiración subterránea en el recorrido. Las piezas proliferan, se contaminan, se escuchan a distancia. El espectador deja de ocupar la posición soberana del observador para ingresar en una suerte de liturgia material donde cada textura parece emitir una frecuencia distinta.

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En “Humanidad residual”, Luisi Llosa convierte la piedra en una anatomía espiritual. Sus superficies fracturadas, intervenidas con pan de plata y pigmentos minerales, recuerdan simultáneamente reliquias arqueológicas y restos de un cuerpo después del tiempo. Lejos de romantizar la ruina, la artista trabaja sobre la persistencia. Allí donde el material se abre, aparece la luz.
Hay una ética secreta en esa operación, aceptar que toda existencia es vulnerable y que precisamente en esa vulnerabilidad reside su resplandor. La geometría austera de Llosa introduce un contrapunto casi metafísico dentro de la exposición. Sus triángulos suspendidos parecen fragmentos de una matemática primordial, vestigios de una civilización mineral anterior al lenguaje. Lo cual, ahora que vivimos dominados por la saturación visual, es una apuesta por el silencio como forma de nervio.

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Muy distinta es la energía que emana de Andrea Tregear. En “Naturaleza viva” y “Naturaleza viva 2/3”, el acrílico plexiglass deja de comportarse como material industrial para adquirir cualidades orgánicas. De manera que las piezas devienen criaturas abisales o corales mutantes iluminados desde una dimensión submarina. Hay algo profundamente inquietante en esa belleza translúcida porque Tregear trabaja sobre el límite donde lo artificial empieza a comportarse como organismo.
Su investigación acrisola sobre el plástico y desde la mutación. El material sintético, símbolo por excelencia del colapso contemporáneo, es reconfigurado como posibilidad biológica. La artista imagina ecosistemas híbridos donde lo natural y lo artificial dejan de oponerse hacia una tensión crucial dentro del debate ecológico contemporáneo: ya no existe una naturaleza intacta a la cual regresar. Habitamos, más bien, una era de contaminaciones irreversibles.
Tregear, formada inicialmente en arquitectura y diseño, ha desarrollado durante más de dos décadas una relación obsesiva con la luz y las transparencias. Su trabajo posee la precisión de quien entiende el espacio como una coreografía lumínica donde cada plano cromático almacena capas de tiempo. Como si cada transparencia fuese la piel fósil de un océano extinguido todavía intentando emitir, desde la luz, una memoria.

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En el extremo opuesto de esa luminosidad tecnológica aparece el universo de Nicole Franchy. Sus dibujos “El amo de la tierra” y “La mirada del Jaguar” desplazan radicalmente la mirada humana. El animal ya no aparece subordinado al hombre ni convertido en alegoría dócil. El jaguar observa. Vigila. Ocupa el centro ontológico de la escena. Sus referencias a Eduardo Viveiros de Castro no son ornamentales. Franchy dialoga con las epistemologías amerindias donde la humanidad deja de ser privilegio exclusivo de nuestra especie. El animal posee conciencia, territorio y agencia. El espectador siente que ha ingresado a una zona donde las categorías occidentales empiezan a desmoronarse.
La trayectoria de Franchy confirma esa persistente exploración de los desplazamientos y los territorios inciertos. Su paso por el HISK de Bélgica, sus residencias en Nueva York y sus exposiciones internacionales han consolidado una obra que oscila entre el paisaje mental y la geopolítica del espacio. Sin embargo, incluso en sus proyectos más conceptuales subsiste una sensibilidad profundamente física hacia la fragilidad del entorno.

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Mariú Palacios, por su parte, introduce en la muestra la dimensión ritual. “Dile lo que no pudiste decirle” trabaja con camisas, teléfonos, tejidos y caracoles para construir una instalación atravesada por la memoria afectiva. La pieza parece una ceremonia suspendida entre el duelo y la invocación. El teléfono —objeto cotidiano y obsoleto— adquiere aquí una densidad fantasmal: aparato para hablar con ausencias.
Su obra “Blueprint, Matriz” profundiza esa exploración simbólica mediante el textil bordado. La noción de matriz aparece simultáneamente como origen biológico, archivo doméstico y arquitectura espiritual. El caracol, recurrente en su imaginario, introduce la idea de espiral temporal: la vida no avanza linealmente, sino retornando sobre sus propias cavidades.
La biografía de Palacios resulta inseparable de su poética. Haber crecido entre costa, sierra y amazonía peruana marcó una sensibilidad territorial visible en toda su producción. Su paso por Miami, Tel Aviv y sus estudios en tanatología expandieron una obra donde el cuerpo y la pérdida funcionan como materiales invisibles.
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Finalmente, “Panteísmo” de Alice Wagner propone una operación altamente ambiciosa: desmontar los sistemas de creencia heredados para imaginar nuevas espiritualidades materiales. Sus cuarenta y cinco piezas cerámicas componen un paisaje ceremonial donde lo sagrado deja de pertenecer exclusivamente a la tradición religiosa y se desplaza hacia la materia misma.
Wagner, una de las artistas peruanas más sólidas de su generación, ha construido una trayectoria marcada por la reflexión sobre comunidad, mito y memoria política. Desde sus primeras exposiciones en Lima hasta sus proyectos internacionales y su presencia en colecciones como el Pérez Art Museum o el MALI, su obra ha mantenido una rara capacidad para combinar rigor conceptual con intensidad visual.
En “Panteísmo”, la artista parece sugerir que el futuro espiritual del mundo no residirá tanto las viejas trascendencias verticales como en una sensibilidad horizontal capaz de reconocer inteligencia en todas las formas de existencia como si la materia, exhausta de servirnos, reclamara por fin una dignidad sagrada entre animales, minerales, ruinas, cuerpos y raíces.

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He ahí la potencia conceptual de Maneras de estar vivo. La muestra no participa del arte ecológico entendido como denuncia ilustrativa ni cae en el sentimentalismo verde tan frecuente en ciertos circuitos contemporáneos. Su verdadera radicalidad consiste en disputar el régimen perceptivo heredado de la modernidad occidental. Todo un hallazgo en el contexto actual del arte contemporáneo latinoamericano, atravesado por discusiones sobre extractivismo, antropoceno, decolonialidad y ecologías críticas.
De modo que esta exposición ocupa un lugar singular porque desplaza el debate desde la representación hacia la sensibilidad. No pregunta únicamente qué pensamos sobre la naturaleza, sino cómo hemos dejado de percibirla. Quizá por eso la muestra produce una extraña sensación de intemperie. Uno sale de la sala con la impresión de haber escuchado algo anterior al lenguaje humano: el murmullo mineral de las piedras, la respiración animal detrás del dibujo, la memoria silenciosa de los textiles, la luz artificial intentando convertirse en organismo.
Es decir, demorarse ante el mundo hasta volver a sentirlo vivo. Y rendirse ante su belleza.
▪ Lugar: Vesper Tzu Galería
▪ Dirección: Av. Santa Cruz 1068, Miraflores. Lima – Perú
▪ Temporada: Hasta el 24 de junio de 2026
▪ Horario de visita: lunes a sábado, de 11:00 a.m. a 7:00 p.m.
▪ Ingreso: libre